• Manuel Arenilla Sáez

El cliente es el que manda en la Universidad

Cuesta encontrar a los alumnos universitarios en la prensa salvo en periodos de huelga o de selectividad. En el primer caso, su posición, que hay que presumir bien intencionada, no deja de consolidar la situación que parecen criticar. Es normal, ya que cualquier decisión de cambio en los planes de estudio, en la regulación o en las tasas universitarias (salvo que sea para eliminarlas, congelarlas o recortarlas linealmente) toma años. Para entonces los manifestantes de hoy serán egresados con un índice de paro del 30 % cuatro años después de haber acabado sus estudios, desempeñando funciones inferiores en un 40 % de los casos y con una tasa de trabajo parcial muy elevada, especialmente entre las mujeres.


Es que no sé si lo tenemos todos claro: los jóvenes van a la Universidad para cualificarse y obtener un buen empleo en la especialidad que han estudiado. En eso son una piña con sus familias y las empresas. Es cierto que, según las declaraciones de algunos responsables académicos, la Universidad está para satisfacer a la «sociedad», a la que parecen representar impropiamente; también puede ser que esas autoridades estén más atentas a los 79.386 alumnos que estudian doctorado y para los que un rector reconoce que no habrá carrera universitaria para todos; aunque algo se irá haciendo.


Así que vamos a considerar la empleabilidad como un objetivo a lograr, a pesar de que es difícil encontrar ese término en la prensa entre las declaraciones y preocupaciones de muchos responsables universitarios. No se puede decir mejor que la AIREF: «El sistema universitario español no cuenta entre sus funciones con una referencia explícita al mercado laboral, pero sí se estipula [art. 1 de Ley Orgánica de Universidades] que la enseñanza superior debe buscar “la difusión, la valorización y la transferencia del conocimiento al servicio […] del desarrollo económico”. Parece claro, por tanto, que la universidad debe alinear su funcionamiento con las necesidades del sistema productivo, de forma que los egresados puedan incorporarse al mercado laboral».


Los jóvenes han cambiado mucho y manifiestan que «los estudios quitan demasiado tiempo de vida» por lo que ha repuntado el fracaso escolar y se ha duplicado el número de jóvenes que deja de estudiar para trabajar; y lo hacen, el 80 % de los jóvenes entre 20 y 24 años, en empleos sin ninguna cualificación; además, contamos con la quinta tasa más alta de Europa de ninis (8,1 %). Según la OCDE, la tasa de empleo de los adultos jóvenes entre 25 y 34 años ha caído más de 10 puntos porcentuales en 2016 respecto a 2005.


Tenemos una juventud empobrecida: la renta media en 2010 era de 10.797 euros y en 2018 de 10.156, siendo el salario medio del país de 23.646 euros; y gastan un 10,7 % más de lo que ingresan. Parece que aceptamos que un médico antes de los treinta años gane 34.291 euros, o un fisioterapeuta 16.000, a pesar de tener sus grados unas notas de acceso muy altas.


Sobre empleabilidad sabemos por la OCDE que dos tercios de los que hoy entran en primaria no tendrán las competencias necesarias para el empleo. El desajuste entre mercado y sistema educativo, también universitario, es casi total. Ya señalé que el 72 % de las empresas encuentran problemas para cubrir los puestos de trabajo. Es desolador que se hayan perdido 74.000 alumnos en 10 años en las carreras técnicas o que se haya reducido 5 puntos porcentuales en los últimos ocho años la matrícula en los títulos con más posibilidades de empleo. Claro que leemos también que la empleabilidad aumenta si la carrera se cursa en parte o totalmente en el resto de Europa o en Estados Unidos. Todo un consuelo. Finalmente, no hay duda para la AIREF: «El bajo nivel de alineamiento entre sistema universitario y mercado laboral repercute directamente en la inserción laboral, en la tasa de sobrecualificación y en la rentabilidad financiera neta de los estudios universitarios».


Dominados por el estigma del «que inventen ellos» o por el aldeanismo, somos incapaces de reconocer que algunas de las mejores prácticas en materia educativa se encuentran en nuestro país, tanto en el ámbito público como en el privado. Así, en empleabilidad, siguiendo el ejemplo de la Formación Profesional Dual, las tres universidades del País Vasco (la UPV, pública, y las de Mondragón y Deusto, privadas) han incorporado diferentes itinerarios y titulaciones completas en 15 grados y nueve másteres duales en colaboración con empresas o entidades externas. Aquí mismo.


Es evidente que la pesada carga de la empleabilidad no puede echarse en los hombros de la Universidad, pero esta puede hacer mucho más en materia de abandono y de adecuación a los perfiles profesionales requeridos por las empresas, así como implicarse de manera efectiva con las otras etapas educativas, de las que está prácticamente desconectada.


No se puede leer en boca de algún responsable universitario que el problema del paro juvenil no es de la Universidad sino de la sociedad. Si se tiene alguna duda, siempre se puede preguntar al cliente; aunque antes habrá que saber quién es.


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